Todo empieza así: estamos en  el año 2005, mientras pasea por la calle, Nadia Aghai encuentra 80 euros. Aprovechando su suerte, decide comprar en seguida pintura acrílica, pinceles y las hojas de papel más grandes que encuentra. Pronto, tal vez porque nada parece predecirle una carrera artística, acaba olvidándose totalmente del material hasta que poco tiempo después sienta un impulso repentino de pintar, digno de Pollock. Le causa inmediatamente un placer casi-orgásmico.

 

 El azar, la espontaneidad y el inconsciente están en el centro de la pintura de Nadia Aghaï. Tras movimientos y ritmos, se deja guiar por el impulso irreflexivo de su mano, parecido a una pulsión. Un gesto repetitivo que se asemeja a una coreografía; una pintura que fluye atraída por la gravedad y que cada vez la va llevando tras cadencias diferentes de cuadro en cuadro. Esta relación carnal confiere a sus obras algo táctil con un relieve que casi da ganas de tocar. Al dejar caer la pintura sobre el lienzo Nadia Aghaï  nos entrega sus líneas de vida, sus cicatrices, sus cuestionamientos...

 

 Algunos de sus cuadros son redes, laberintos, conexiones, puntos de impacto, colores que se oponen, una agresión permanente. Y de repente, todo se va volviendo más fluido, menos cargado, las cosas van retomando su curso sin más colisiones. Y cuando fracasa , lo deja todo en la estacada  hasta que vuelvan las ganas de reanudar el trabajo: así, de sus vagabundeos siempre nacen nuevos caminos, horizontales, verticales y a veces impredecibles.

 

 Sus impulsos pueden llevarla a pintar cuadros en serie durante horas. Dos, tres, hasta cuatro a la vez, con todo el simbolismo y la mística que se esconden detrás de esas cifras, que forman un puente entre el mundo terrenal y el mundo  espiritual.

 

 Y para darle las gracias al azar y al destino, Nadia Aghaï sigue siendo fiel al número 80, que fue al comienzo de todo.

 

                                                                               

 (Escrito por Céline Thiery y Traducción Estelle Richard)